Contra la destrucción de las conquistas sociales

Contra la destrucción de las conquistas sociales

En cada país europeo se abaten sobre los trabajadores medidas dràsticas y planes de austeridad similares, impuestos por los respectivos regímenes de la burguesía. Sin duda, los otros continentes tampoco se substraen a la crisis profunda del capitalismo. Pero es en Europa donde adquiere la dimensión más significativa y perversa. Precisamente ahí, en la cuna del capitalismo y por tanto del movimiento obrero —movimiento auspiciado por todos los trabajadores— es donde éste ha conseguido arrancar en el pasado derechos y mejoras importantes en una lucha acérrima y tenaz durante siglos. La crisis actual, contrariamente a las palabras engañosas y anestesiantes de los círculos de poder y de sus legiones de propagandistas, está muy lejos de haber terminado. Así pues aumentarán, e incluso se multiplicarán los ataques decisivos y frontales contra los logros, los derechos y las conquistas de los trabajadores. Y de ahí que sea de la mayor importancia conocer la naturaleza y el origen de esos ataques.

El período de <>

Estos ataques burgueses no han nacido con la crisis actual. En realidad, las mejoras y los derechos materiales, sociales, políticos y culturales de que disponen les trabajadores son incompatibles con el capitalismo-imperialismo (la época, desde el inicio del siglo XX, en que el capital financiero se fusionó con el capital industrial). Sobretodo en su etapa de decadencia. Esas mejoras no fueron jamás concedidas sino que, en su totalidad fueron arrebatadas del sistema gracias a las grandes luchas de los trabajadores, que se sucedieron en tiempos pasados, ya lejanos, como también durante y después de la segunda guerra mundial. Fue en esta última etapa que la relación de fuerzas internacional, prácticamente en cada país, se inclinó claramente a favor de la clase obrera. La burguesía acorralada, asustada por el creciente ascenso revolucionario en Europa y por las posibilidades de este movimiento, sólo contaba, para desarmar a la revolución, con la interesada complicidad de los estados-mayores de los partidos que se presentaban como socialistas y comunistas. Pero para defenderse la burguesía debía pagar un precio. He ahí el origen de una serie de medidas y reformas que configuraron al régimen de los llamados <> o a la <<economía social de mercado>> (Alemania), y también al período llamado <>. Pero desde el incio el gusano ya estaba en el fruto.

La burguesía y sus regímenes, aunque hubieran querido, no habrían podido conceder por mucho tiempo a los trabajadores esas reformas y mejoras. No querían, y además no podían ceder esa porción de la masa creciente de las ganancias, que fue previamente arrancada a los trabajadores. Y aún menos cuando con el tiempo el rendimiento de sus ganancias, aunque aumentadas en su conjunto, se reducían —como piel de zapa— a vista de pájaro. O, formulado en líneas generales en el lenguaje de la economía vulgar, las expectativas de las inversiones o el rendimiento de los capitales eran insuficientes. Es lo que Marx y los marxistas expresaban como la caída tendencial de las tasas de ganancia que se origina con la retracción progresiva del mercado mundial ante el encarecimiento de los productos del capitalismo occidental.

Dos grandes consecuencias que se derivan de este hecho configurarían en lo sucesivo la evolución del capitalismo-imperialismo y, asimismo, la conducta de sus protagonistas. Podemos hablar sin exageración, apenas de un cambio, sino de una modificación notable e histórica de su apariencia. La primera modificación le define como un sistema que no sólo es incapaz de realizar la más mínima reforma de mejora, sino que, al contrario, para asegurar su supervivencia, ordena la supresión y la destrucción de las reformas y de las conquistas sociales que, bajo coacción, ha tenido que conceder. La segunda modificación concierne a su estructura. Mientras que en la fase imperialista ya a comienzos del siglo XX era una realidad la <<…fusión del capital de la banca y del capital industrial y la creación, en base al “capital financiero” de una oligarquía financiera>>, ahora iba más lejos. En efecto, es a partir de ese matrimonio de conveniencia (entre el capital industrial y el capital financiero) del que surgió el monstruo deforme, aunque hijo legítimo, es decir, la hegemonía incontestable del ogro financiero, con el objeto de suplantar la saturación de los mercados y la disminución del beneficio. Inevitablemente, este substituto táctico y arrollador de la disminución del beneficio, distorsionado y desproporcionado, se ha transformado en un parásito enorme que vampiriza las fuerzas vitales de toda la sociedad.

Pero es necesario tomar conciencia que ya mucho antes que se extendiera ese vampiro por toda la sociedad y se infiltrase por todos sus poros, la burguesía —su padre biológico y a la vez su madre protectora— se esforzaba obstinadamente en censurar y suprimir las reformas y las mejoras que se habia visto obligada a consentir. Ahora bien, mientras consideró que sus fuerzas eran insuficientes, no se atrevió a desencadenar completamente su ofensiva general y global contra el conjunto de estos derechos y concesiones. Pues desde siempre la clase obrera y el conjunto de los trabajadores han considerado —correctamente— que los derechos al seguro médico, a la jubilación con pensiones decentes, al pleno empleo, a la dependencia, a la gratuidad de la enseñanza —en resumen, a todo el sistema y red de derechos, de asistencia y de protección— constituyen una parte, un componente indispensable de su remuneración, ahora tan severamente amputada por el capital. Los han considerado muy adecuadamente como <> legítimo, que les correspondía por justicia y que debía retornarse.

Pero era ya demasiado insoportable para la burguesía, cada vez más raquítica y hambrienta. Ahora bien, su voluntad de enfrentarse abiertamente a estos derehos y mejoras desatando una contraofensiva general se atemperó a causa de esa cobardía congénita que siempre mostraron ante la fuerza organizada de los trabajadores, y optaron por su astucia innata para evitar tal confrontación.

En consecuencia, en la primera fase de su guerra contra les derechos de los trabajadores y de sus conquistas, durante los años 1960-70, los ataques de la burguesía sobretodo iban dirigidos contra los salarios reales y las condiciones de trabajo. Constantemente, y de forma reiterada, la burguesía intentaba compensar la amputación, aunque fuera parcial, de sus ganancias, bajo la forma del <>, mediante sus planes y acciones para aumentar la productividad del trabajo, incrementar su intensidad y recortar los salarios. Pero el poder de las huelgas obreras arrastrando a otras categorías de trabajadores —e incluso a los líderes sindicales— frustraron esos intentos, imponiendo revalorizaciones parciales sucesivas de los salarios nominales. Justamente, en el transcurso de estos <> los trabajadores británicos, por ejemplo, mediante sus combates de envergadura provocaron —dos veces!— la caída del gobierno laborista de Wilson y el del conservador Heath. En cuanto a los trabajadores franceses, después de una serie de luchas como la memorable de los mineros en 1963, infligieron, en un proceso de unión ejemplar, con una larga huelga general en 1968, un rotundo fracaso a De Gaulle. A la huelga siguió la dimisión del General, que con ella se proponía precisamente romper la resistencia de los trabajadores y reinstaurar el <>.

Hay que subrayar que, durante mucho tiempo, la clase obrera alemana, y el conjunto de los trabajadores,—agotados y desangrados por la dictadura contrarrevolucionaria de Hitler y la larguísima guerra— fueron acuartelados e inmovilizados hasta comienzos de los años 50 en cuatro zonas de ocupación militar. Así, en cuarentena la en otro tiempo poderosa clase obrera alemana, pivote decisivo de Europa, fue eliminada de la escena europea. Y como remate, los trabajadores alemanes fueron infamados con la acusación de ser colectivamente responsables de la subida de Hitler. El régimen retrógrado de ocupación fue substituído mucho después por el traumatismo terrible que supuso la intervención quirúrgica de romper el país en dos mitades, y ello gracias a la ayuda cómplice de Stalin. Aquella vivisección no ha podido compensarse —a los sumo se ha maquillado parcialmente— ni con los esfuerzos de todo el capital internacional, invertidos en el transcurso de la guerra fría, para mostrar la parte occidental de Alemania como el gran escaparate del bienestar.

Durante todos estos largos años, cuando el capital se ha visto obligado a apoyar y a pagar el tributo del conjunto de ese <> —y al mismo tiempo intentaba, a menudo con fracasos, recuperarlo (salario nominal, productividad, etc.)— actuaba sin cesar para debilitar a los trabajadores. Este debilitamiento era la condición primordial e indispensable para lanzar la ofensiva contra sus derechos y conquistas. Avanzando paso a paso, utilizando cada ocasión, ayudada por las direcciones complacientes y a menudo cómplices del movimiento obrero, la burguesía con trabajo de zapa incesante reducía la serie de conquistas adquiridas por los trabajadores. Pero sobretodo actuaba para restarle fuerza y capacidad de resistencia a través de la corrupción y la subordinación de los estados-mayores de sus organizaciones. Desarrollaba el largo proceso de domesticación de los sindicatos de los trabajadores, fragmentando la unidad del movimiento obrero con la aquiescencia de líderes rivales y enfrentados. El derecho de respuesta de los trabajadores, así como los medios para llevarla a cabo, han sido recortados y duramente reglamentados poco a poco e insistentamente, con el fin de aislar y controlar huelgas y manifestaciones, sin olvidar otras medidas coercitivas que imponen mediante una codificación mucho más rígida y represiva de la vida social.

Pero, a pesar de todos los intentos, la burguesía europea no ha conseguido recuperar lo que concedió. De manera que, la burguesía viéndose más y más amenazada por la regresión de las ganancias así como por sus posiciones en el contetxto internacional, estaba obligada a emplear los recursos más determinantes para reconquistar las reformas y las concesiones sociales. Asimismo, decantaba la estructura de su sistema hacia lo que le parecía más rentable y más fructífero, es decir, la supremacía de las finanzas —incluso con dictadura— y de su hijo natural, la especulación.

La ofensiva frontal del capital y la caída de la URSS

La ofensiva global fue iniciada por Thatcher en Gran Bretaña y por Reagan en los Estados Unidos. Muy pronto, la primera tuvo que enfrentarse a la extraordinaria huelga de los mineros que, aunque abandonados por la burocracia del resto de sindicatos, resistieron durante mucho tiempo a la ofensiva del poder. Su derrota imponía un significativo fortalecimiento del capital y posibilitaría la extensión de una ofensiva general en toda Europa. Era el inicio del gran ataque general y frontal contra las conquistas de los trabajadores, pero no sólo el inicio. Sería grave olvidar que la burguesía se había preparado con todas sus armas desde hacía tiempo para desencadenar esta gran ofensiva.

Es importante destacar que la ofensiva y su dimensión europea han sido prolongadas y consolidadas mayormente por el poder de los partidos que se presentan como socialistas, bajo la dirección de sus dirigentes —François Mitterrand en Francia, Gerhart Schröder en Alemania y Tony Blair en Gran Bretaña,—siempre con la ayuda generosa de los burócratas que conducían el timón de los partidos llamados comunistas.

La sumisión europea de la burguesía, siguiendo la trayectoria de la concentración de capital, ha producido los medios y los instrumentos para unificar y centralizar esta ofensiva, añadiendo un impulso suplementario. Así pues, la ofensiva general contra los derechos y las conquistas de los trabajadores, conocida bajo el nombre de política <>, se centraba en las instituciones denominadas europeas: en Bruselas, en Estrasburgo y en Francfurt. Todas y cada una de la burguesías europeas han cobrado como mínimo tres ventajas. La primera es, sin lugar a dudas, la de ocultar la ofensiva antiobrera tras la atractiva pantalla de la construcción de una Europa unida. La segunda ventaja es que, en apariencia, la política y las medidas contra los trabajadores llegan de un centro situado en Bruselas y, el gobierno de cada país no hace sino aplicarlas. Bajo esta apariencia ya no existen responsables en tal o cual país, ni cabe por lo tanto reclamar al gobierno de un país determinado. Finalmente, la tercera ventaja consiste en el hecho que el carácter de este centro, separado de toda vida política y social real, siendo profundamente antidemocrático —cuya mayoría de miembros es anónima— hace impracticable, por no decir imposible, cualquier lucha directa contra él en el marco democrático habitual. Dirigentes y cuadros han sido lanzados como paracaidistas anónimos, sin elección y sin calificación. Es una burocracia hidrocéfala monstruosa que abusa de la idea y de la concepción europeas, pero en realidad no es más que un parásito nefasto, absolutamente incapaz de nada, y mucho menos de construir Europa. En cambio, este organismo hipertrofiado, costoso e inútil, garante del interés principal e inmediato de la burguesía, actúa sólo para ordenar, reglamentar y supervisar la ofensiva global, cuyo fin es desmantelar y destruir sistemáticamente los derechos y las conquistas de los trabajadores.

Poco tiempo después de la generalización y centralización de ese ataque intensificado contra los derechos de los trabajadores, un acontecimiento histórico considerable fortaleció y estimuló a la burguesía. Un hecho que, directa e indirectamente, reducía la resistencia de los trabajadores. Sin duda, el hundimiento de la Unión Soviética robusteció a la burguesía, consolidó sus posiciones y reafirmó su confianza. Independientemente de la opinión y el juicio respecto a la caída de la URSS, y a pesar del papel nefasto de la burocracia —su gerente y enterrador— el conjunto de la clase obrera mundial y todos los trabajadores perdieron un referente destacado y un trampolín efectivo para sus objetivos de emancipación. Durante un tiempo de incertidumbre la relación de fuerzas se inclinó vigorosamente a favor de la burguesía y en contra de los trabajadores.

El capital y sus partidarios incondicionales desbordaban de feliz satisfacción y de presuntuosa vanidad. Proclamaron <> orgullosa suficiencia y pretenciosa arrogancia. Sus embriagados <> llegaron incluso a coronar esta impudicia desvergonzada declarando el fin de la historia. Aunque el paso siguiente demostró claramente el recrudecimiento amplificado, cínico y sin vergüenza, de los ataques del capital y los suyos, así como el retroceso confuso y desordenado de los trabajadores expectantes y a la defensiva. Durante los últimos veinte años ese repliegue de los trabajadores se ha acentuado. Sus grandes organizaciones, siguiendo a algunos de sus jefes ya integrados en el sistema, se han identificado con el vencedor coyuntural, mientras que otros se han fundido como mantequilla al sol, o simplemente han desaparecido. Los sindicatos, siguiendo a sus empedernidos burócratas han pasado de ser oficialmente los defensores de los trabajadores, a convertirse públicamente en <> del capital desafiante. Los crujidos siniestros pero temporales del sistema —aunque alarmantes— no han incomodado ni han prevenido a todo ese plácido mundo sumergido en su felicidad.

<>…con la etiqueta de <>

En medio de esa aparente euforia el capital prepotente y pretencioso seguía disminuyendo, reduciendo y eliminando una a una las conquistas de los trabajadores. Recortaba, limitaba y cepillaba sus reformas, que la brutal alarma de la última gran crisis había sacado a toda esta buena sociedad de su ensueño soporífero. Vivimos immersos en ello. Pero es innecesario entrar en detalles. Es suficiente con recordar —como es bien sabido— que la burguesía y su sistema, para atenuar los efectos negativos y salir adelante, hacen lo indecible para transferir y repercutir los costos, así como la gestión de la crisis y su posible <<solución>>, sobre las espaldas de los trabajadores. Sin embargo, todo pasa desapercibido, disimulado tras una crisis utilizada como principal pretexto y justificación, para con más holgura y desmesura, dar un impulso enorme a la letal ofensiva del capital. Es como si un huracán se cerniera sobre los pueblos de Europa.

Con desvergonzada perversidad, todos los gobiernos presentan e imponen sus ataques destructivos llamándoles <>, con el fin de embaucar maliciosamente a los trabajadores, apegados a las reformas reales del pasado, es decir, a las mejoras tangibles de sus vidas. Lamentablemente, debido al alboroto unívoco de los creadores de opinión, este pernicioso engaño ha podido contaminar a toda la sociedad. Pero aún es más grave que los dirigentes de los partidos de izquierda y sus sindicatos, empleen ese término deshonesto, encaminado precisamente a disfrazar el saqueo y la destrucción de las verdaderas reformas del pasado próximo o lejano. Tanto es así que, por ejemplo, la famosa <> —de hecho, procuradores de Grecia— ha ordenado y supervisado la eliminación y la privación a los trabajadores de todos sus derechos, llamando a esta destrucción <> o <>…todo para el <> del pueblo griego. Aunque todos sabemos que el lenguaje y el vocabulario jamás son inocentes.

La burguesía del <> aplica la funesta <>, que descrita por la periodista Naomi Klein, se ha extendido casi en todo el mundo. ¡Su texto no ha sido nunca rebatido y nadie ha demostrado lo contrario! (Por otra parte, sería imposible poner en duda sus acusaciones que se sustentan sobre un abrumador acopio de hechos comprobados. Lo único que se le puede reprochar es el haber presentado este conjunto escandaloso y repugnante como una excrecencia, una desviación del capitalismo sano, mientras que por el contrario se trata de su propia esencia en esa fase actual de declive, la consecuencia natural de su fundamento y de su existencia). Lo que pasa en Grecia —y no es más que un preludio— es sólo el ensayo de la decisión de la burguesía y sus acólitos de apropiarse del dinero hasta el último céntimo, incluso con la medida tan poco democrática de poner en cuarentena a todo un pueblo, y arrodillarle servilmente a los pies de los capitalistas usureros de carne y hueso, es decir, de <>.

Para la clase obrera y los millones de trabajadores europeos lo primero, lo más importante, es comprender que lo que sucede no es algo accidental, no es una actitud provisional del capitalismo motivada por las dificultades de la crisis. Hay que darse cuenta que no cabe esperar nada bueno del sistema capitalista y de sus servidores. Ellos mismos confiesan que su sociedad no está capacitada ni preparada para satisfacer a los trabajadores. Repitiendo sin cesar la letanía que acusa a los trabajadores de ser culpables —pues <<¡vivían por encima de sus posibilidades!>>— reconocen y afirman que el sistema es incapaz de asegurar beneficios y derechos sociales. Y ciertamente está <>. En cambio, imponen un castigo apenas disimulable: están firmemente decididos a desmantelar y suprimir, de una vez por todas, las conquistas sociales, con el fin de ceñir a los trabajadores en la estrechez de los <> raquíticos del sistema moribundo.

Un giro històrico

Vivimos un momento histórico. El sistema capitalista, después de haber atacado en el pasado con gran empeño para cepillar y rebajar las conquistas de los trabajadores, después de haber desatado su ofensiva general con Thatcher y sus consortes, aprovechándose de la debilidad del movimiento obrero, explota el concepto de crisis para desatar el ataque final y definitivo contra los trabajadores. No se trata de una escaramuza más o de un enfrentamiento parcial y aislado, como en otro tiempo. Tampoco se trata de su extensión y amplificación posteriores en una ofensiva general. Aunque parezca imposible, es una etapa nueva y suplementaria a la precedente cuya capacidad de herir con ferocidad inusitada, cuya dimensión y profundidad, así como la voluntad y firmeza decididas del adversario burgués, todo, absolutamente todo, demuestra su determinación inequívoca de llegar hasta el final. Una señal, un indicio, que pone en evidencia esa determinación implacable es su ensañamiento especial en destrozar las conquistas y los derechos, que llega al punto que los ataques se reduzcan voluntariamente, es decir se aniquilan los recursos y los medios de una posible salida de la crisis. Ya tenemos a los obreros italianos sentados en el banquillo…esperando a los demás.

En esa encrucijada amenazante debemos agradecer a todos los que se han indignado ante tanto engaño y perversidad y lo han expresado públicamente. Su número va creciendo en todo el mundo como una señal evidente —tras la sublevación espectacular, y aún en pie, de una serie de pueblos en Africa del Norte y en el Próximo Oriente— del despertar todavía titubeante de los trabajadores. Las voces indignadas y las protestas, valiente respuesta a la resignación y a la fatalidad, son los primeros indicios de una toma de consciencia frente a la intimidadora realidad. Pero ante el desafío enorme que supone la extensión global del conflicto, así como la determinación inflexible del adversario, la indignación pasiva o la protesta verbal son impotentes. A lo sumo son consideradas por los poderosos como molestos desórdenes públicos o espectáculos carnavalescos. Les ha impacientado o se han mofado, pero no por ello han modificado ni una coma de sus planes destructivos. Hay que ir más allá. En este sentido debemos saludar a los trabajadores portugueses que, con su poderosa huelga general, nos muestran la vía del combate. Y no hay ninguna duda que los trabajadores griegos, agredidos salvajemente por el capital, encontrarán el camino de un combate vigoroso que ya mostraron en el transcurso de los años precedentes. Sin duda los demás países europeos seguirán su ejemplo.

La respuesta sólo puede ser internacional.

Quienes no toleramos los recortes y la destrucción de mejoras y derechos, así como todos los planes de austeridad presentes y futuros, y estamos decididos a combatirlos, sobretodo debemos tener clara la idea que se trata de una lucha que trasciende las fronteras nacionales. El ataque frontal del capital es internacional, aunque esté vehiculizado en territorios nacionales y articulado según sus especificidades. El adversario es el mismo para todos. En consecuencia, las luchas recluidas en el marco de cada nación, fragmentadas y aisladas unas de otras, quedan mermadas de la fuerza necesaria para aniquilar los ataques que tienen naturaleza internacional e incapaces de hacer retroceder al adversario, que también es internacional. La solidaridad y los contactos entre los distintos movimientos y en distintos païses son importantes, pero aún así insuficientes. Es indispensable oponer a los planes y acciones degradantes un movimiento orgánicamente internacional, así como combates de envergadura también internacionales. Y no obstante no deben excluirse, por supuesto, los movimientos y combates en cada país, estructura fundamental y necesaria de todos los avances y acciones internacionales.

Lo que confiere un carácter orgánicamente internacional a un movimiento de lucha y a sus acciones, lo que forja su potencial de combate, es sin duda su naturaleza internacional. Solo así puede adecuarse al carácter internacional de los planes, las acciones y la ofensiva del adversario. Éste ataca las posiciones sociales y las condiciones de vida de los trabajadores del mundo entero, aunque con acciones distintas de un país a otro, a menudo sensiblemente distintas, o incluso de un continente a otro. Y eso es lo que une sólidamente, por ejemplo, a los pueblos trabajadores sublevados recientemente en Africa del Norte y en el Próximo Oriente, lanzados ya a batallas parciales a pesar de las diferencias y la diversidad de sus posiciones y condiciones respectivas. De ahí proviene la evidencia que los trabajadores europeos tienden sus manos fraternales hacia sus aliados naturales, estos pueblos revolucionarios en Africa del Norte y en el Próximo Oriente, y en especial hacia los trabajadores egipcios y sirios, enzarzados en sangrientas luchas.

La pretendida <<desmundialización>> es un callejón sin salida

Mientras tanto, resulta indispensable rechazar algunos llamamientos a luchar por una supuesta <<desmundialización>>. El término <<mundialización>> (o <<globalización>>) para designar el sistema económico-político mundial actual es completamente erróneo. La burguesía y sus ideólogos han inventado e introducido este término mistificador para ocultar, tras una expresión de naturaleza eminentemente y exclusivamente geográfica la fase actual de su sistema económico y social, el ya bien conocido capitalismo-imperialismo en su período de senilidad avanzada. En cuanto al capitalismo, aún vigoroso en su lejana juventud, Marx y Engels hablaban ya en su Manifiesto de la <<mundialización>>:

<>

Estas nociones y conceptos respecto al capitalismo y a su mundialización forman parte, desde hace tiempo, del saber elemental de toda la humanidad. Se trata siempre de ese mismo antiguo sistema. Los cambios son sólo cuantitativos y no hacen más que subrayar el empeoramiento creciente de los defectos de origen.

En cualquier caso no debe sorprendernos si los promotores y los seguidores de la <<desmundialización>> o quienes profesan reverencia a la <<anti-globalización>> —que han mordido el envenenado anzuelo burgués— se encuentran en la trampa de una confusión inextricable. Y aún les resulta más difícil desembarazarse de la acusación de una buena dosis de proteccionismo, que es realmente la auténtica antítesis nacionalista-reaccionaria, superada históricamente, de la entidad de un mercado mundial con sus elementos ampliamente interconectados e interdependientes. Toda la cacofonía en torno a la <<desmundialización>>, nos lanza directamente contra el muro. En este mismo callejón sin salida se mueven también todos los confusos profetas de un <> retrógrado, mientras que —oficialmente— ya son mil millones las personas que pasan hambre en el mundo! Sin contar otros mil millones condenados a vegetar en la miseria. Rechacemos el <> capitalista espoleado por la avidez de ganancias, y luchemos por una producción expansiva estimulada por las immensas necesidades no satisfechas de la humanidad.

Es comprensible que los primeros pasos de quienes pretenden luchar contra las acciones del capital les situen en la senda de la <<desmundialización>> o del <>. Pero estos primeros pasos conducen a un callejón sin salida que apenas se diferencia del de los <>. Son vías muertas sin salida, que siembran confusión y llevan al desengaño.

La burguesía es incapaz de unificar Europa

Nuestra situación en Europa nos enfrenta, ante todo y de forma inmediata, a la burguesía europea, más o menos reagrupada en un conglomerado profundamente contradictorio e inestable, un lodazal llamado Europa, o más precisamente Unión Europea. Mediante este organismo hidrocéfalo la burguesía impone su política con planes extremos de liquidación de las conquistas sociales de los trabajadores. Este objetivo constituye su preocupación central y determina todas sus actuaciones. Desde este mismo punto de vista y con el mismo propósito, los gobiernos europeos, por más variados que sean, actúan como sus delegados y ejecutivos. Incluso los que mantienen una aparente distancia.

Por este motivo el movimiento contra los ataques y los intentos de desmantelar y destruir los derechos de los trabajadores debe ser orgánicamente internacional, más concretamente europeo, y no sólo una simple suma ocasional de movimientos presentes en cada uno de los países. Al mismo tiempo que refuerza estos últimos, el conjunto del movimiento europeo está obligado a concentrar sus ataques contra las sedes autoproclamadas de la burguesía (Bruselas, Estrasburgo, Francfurt), así como sobre sus planes, argucias y maniobras.

Sin embargo, es de la mayor importancia comprender que un movimiento europeo de defensa de los trabajadores no puede ser antieuropeo. Muy al contrario, es la burguesía quien se ha apropiado fraudulentamente del ropaje europeo y coquetea con ese disfraz, con el fin de adornar, con frases agradables y atractivas sobre Europa, sus ataques despiadados. Ciertamente, esta clase explotadora y opresiva, con la ayuda servil de los políticos, es absolutamente incapaz de construir una Europa unificada. El nacimiento de esta clase fue pareja al de las naciones, y toda su vida se ha fundido y seguirá fundiéndose a ellas. Dos guerras mundiales catastróficas lo demuestran naturalmente de forma negativa. Y como la aparición de la burguesía dio a luz a las naciones, su desaparición señalará la decadencia de éstas. La aventura europea durante varias décadas ha demostrado suficientemente esa ineptitud burguesa de unificar Europa y, al mismo tiempo, la capacidad, la firmeza y resolución para atacar y derribar las conquistas y los derechos de los trabajadores.

La actual crisis mundial y uno de sus aspectos, el colosal endeudamiento —más precisamente la configuracion europea de ese endeudamiento— han revelado, acentuado y subrayado con claridad estas dos fases <> de la burguesía. En lugar de un acercamiento por la vía de una decidida unificación de Europa, se ha mostrado descaradamente la división de sus naciones, e incluso su extrema fragmentación. Y a la vez que todos los gobiernos de la burguesía han acentuado las desigualdades hasta una monstruosa exacerbación, sus agentes <> han reproducido y acrecentado las múltiples desigualdades, y más acentuadas si cabe entre las naciones que configuran ese engendro que es Europa.

Ya han dividido Europa en varios círculos más o menos concéntricos. En el círculo exterior, los miserables parias intocables esperan la admisión salvadora de los grandes señores —normalmente los mismos imperialistas de otro tiempo— y acceder así al santuario de un segundo círculo, el de los elegidos. Son zarandeados según el antojo de los señores europeos, sus bancos y su banda de policías a menudo condescendientes. En el círculo de los elegidos hay dos círculos más: el de los países selectos que poseen además la moneda única, y el de los que son tratados con conmiseración, porque aún no han probado esa fruta amarga. Aunque estén aquejados de la misma efermedad de la deuda, pequeña o grande, desde Polonia a Gran Bretaña, no se han visto maniatados directamente por las consecuencias calamitosas de una moneda artificial. (Por supuesto, sus trabajadores sufren los mismos ataques frontales del capital contra sus conquistas. En esto no existe diferencia alguna entre los países, tanto si son europeos como si no).

En cambio, tras el velo engañoso de la <<Unión>> europea, en el círculo interior, mucho más reducido, la política de destrucción de las conquistas y los derechos sociales, para salvar a la burguesía, ha acrecentado y ampliado las desigualdades entre los países. El euro, ese engendro artificial, ha contribuído en gran medida a aumentarlas y ampliarlas. El aspecto monetario de la crisis ha puesto de manifiesto y, al mismo tiempo, ha profundizado —no sólo una <> desigualdad cada vez mayor— sino una verdadera ruptura entre los países supuestamente <>. En el grupo de esos países similares cabe destacar al grupito de los más parecidos, donde los dirigentes y sus acólitos emplean un lenguaje despectivo e insultante respecto a los países damnificados, los menos semejantes: Grecia, Portugal, Italia, etc. Estos dirigentes arrogantes los designan desdeñosamente como <> de Europa, para no emplear su fórmula despreciativa y temerosa a la vez, su <>.

Actualmente el panorama —hasta hace poco amplio y compacto entre los confabulados países europeos— se ha quebrado en parte. Ante una inminente dispersión, en que los círculos concéntricos encogiendo paulatinamente esa su pseudo-Europa tienden —abierta y cínicamente— a comprimirse en el supuesto <<núcleo>> alemán-francés, los políticos y periodistas <> hablan y escriben públicamente del probable hundimiento de la moneda euro, así como de la disolución de la marca Europa. Es necesario repetir que su moneda artificial, concebida por la imaginación quimérica monetarista —nacida por un golpe de varita mágica voluntarista— choca violenta y de forma manifiesta con la realidad de una Europa fragmentada, donde se hará añicos sin remedio. Ciertos economistas, más lúcidos que la masa de políticos y que otros <>, al darse cuenta del funesto abismo, pronostican un reagrupamiento mucho más estrecho de los países, lo único que podría dar una base más o menos real y adecuada a un euro que se tambalea. También es bien visible el terror manifiesto de los dirigentes a comprometerse en este camino, que confirma además el hecho que la burguesía, por su misma naturaleza, no es capaz de unificar Europa. La fáctica moneda del euro está condenada a desaparecer, y su hundimiento conducirá a la imitación fraudulenta europea de la burguesía.

Sin embargo, ésta y sus dirigentes no reonocerán jamás el fiasco del desmán europeo. Menos aún cuando ella corresponde, así, a los movimientos de concentración estimulados del capital y le asegura un mercado ampliado sin trabas. Pero sobre todo y esencialmente porque, aún cojo y contrahecho, este andamiaje le sirve de marco, medio y cobertura (ahora también como pretexto) para organizar, dirigir, perseguir y llevar a cabo su ofensiva frontal contra las conquistas y los derechos de los trabajadores, condición última e indispensable para mantener su sistema deteriorado. Respecto a Europa, cuanto más grande se hace la contradicción irreconciliable entre la realidad y la insistencia obstinada de la burguesía, más pesada será la carga que recaerá sobre las espaldas de los trabajadores.

Soñar en una Europa de derechos sociales imposibles…o luchar por una Europa de los Trabajadores.

Es pues necesario un amplio movimiento de los trabajadores contra el ataque de la burguesía, que se ha hecho general y frontal. Se camufla tras los planes que en apariencia pretenden derrotar la crisis y que en realidad constituyen la forma concreta de sus ataques. Se ve con claridad en Grecia, en Irlanda, en Portugal, igual que en los demás païses, uno tras otro. Italia acaba de subir al cadalso. En vista de la naturaleza y la amplitud de estos ataques, el movimiento para oponerse a ellos solo puede ser internacional y, más concretamente, europeo.

Todas las grandes organizaciones, supuestamente defensoras de los intereses de los trabajadores por sus tradiciones y sus posicionamientos, absolutamente todas, se detienen en la frontera de su propio país. A pesar de la reconocida existencia de organizaciones hermanas en cada país europeo. Incluso cuando mantienen un centro europeo formal, y aún mundial, esos zombis fantasmales se distinguen por la carencia total y absoluta de una plataforma o de un programa europeo. Por lo común, todos se alinean con la posición <> de la burguesía, y con su ofensiva general oculta tras la màscara de las <>. O bien, para distinguirse, bordan dibujitos graciosos, pero siempre sobre el cañamazo que la burguesía les suministra. No elaboran ni proponen nunca, nunca jamás, un programa europeo coherente, distinto del que está en vigor, y menos aún opuesto a él. Sin mencionar la cuestión previa y necesaria a tal programa, o sea, un análisis global del programa de la burguesía.

A lo sumo, los jefes de estas organizaciones mendigan de vez en cuando humildemente a las <> que den una dimensión social a Europa, insertanddo una serie de normas sociales entre las otras condiciones o criterios de su construcción llamada europea. Respecto a esto es muy característico y revelador que todo un conjunto de normas y derechos sociales ha sido enérgicamente descartado y falta totalmente en todos los proyectos pretendidamente europeos. Es tristemente trágicómico que, sin decir palabra, esos Don Quijotes lamentables se pavoneen de vez en cuando de su papel de adalides de los derechos sociales. ¡No se les ocurre que podrían elaborar ellos mismos las normas sociales a reivindicar!

Es evidente que la defensa de las conquistas de los trabajadores es la tarea más importante en cada país, donde la ofensiva general para su desmantelamiento toma a menudo características específicas según las particularidades múltiples de cada país. Pero si los movimientos de defensa se detienen a nivel nacional, serán frenados o decididamente derrotados. Ya desde el comienzo, mientras se fortalecen, urge proyectar la unificación en un movimiento europeo. Pero, un movimiento continental no puede reducirse al nivel elemental de la defensa de las conquistas sociales, una intención, un objetivo, de por sí negativo. Solamente es posible asegurar su amplitud y su dimensión verdadera dándole un objetivo positivo, opuesto a los planes de la burguesía. Dicho de otro modo, es insuficiente estar contra algo; es necesario además luchar por un objetivo. Es indispensable inscribir en la bandera de este movimiento su objetivo, es decir la construcción de la <>! Frente y contra la matriz pseudo-europea de los planes destructivos de la burguesía, sólo una lucha de tal envergadura, con una orientación clara y relevante, podrá cambiar el rumbo y vencer definitivamente la ofensiva frontal contra los derechos de los trabajadores.

En esta etapa sería pretencioso y prematuro dedicarse a la elaboración de un programa completo y detallado del movimiento que debe conducir a la Europa de los Trabajadores. Pero en cambio, es indispensable formular algunos de sus objetivos y reivindicaciones que se derivan de la situación concreta actual, así como ciertos principios y métodos que deberían guiar y fructificar en su actividad.

Ante todo hace falta una reivindicación central

Tenemos en primer lugar la crisis de esta Europa coja, centrada precisamente en el endeudamiento colosal de todos los países de la zona euro (y de los demás!), con las argucias y enredos insalvables en torno a una <<solución>> que se nos muestra cada vez más como la cuadratura del círculo. (A no ser, por supuesto, que se imponga a los trabajadores de una manera totalitaria y represiva la pauperización masiva). El dirigente griego Papandreu ha intentado con suavidad escapar de las mordazas de ese torno implacable mediante una consulta al pueblo griego. Pero desde el anuncio del referendum preguntando al pueblo griego qué habría que hacer con las deudas, todos los dirigentes y sus acólitos han protestado con vehemencia e indignación. Como si les hubiera picado un escorpión, se han levantado unánimes e indignados por esta impertinencia de alguien que osa consultar a su pueblo, cuando los jefes ya habían decidido antes empobrecer al pueblo griego y recortar aún más sus derechos. Este incidente sin porvenir desvelaba aún más el verdadero rostro de la Europa-engendro y exhibía en lo sucesivo los últimos fragmentos de su máscara en descomposición.

Nos proporcionaba otro indicio más, una confirmación suplementaria, por una parte, de la imposibilidad de devolver las deudas gigantescas. Y al mismo tiempo, evidenciaba el desenvuelto y cínico estilo de los dirigentes de pisotear la democracia. Por otra parte, revelaba la gravedad de la crisis del euro: su agonía. Es muy significativo que entre los numerosos <> implicados a favor de esta Europa y de su euro, no ha habido ni uno solo que se levantara para defender a su <<compañero>> Papandreu.

Además, el parto penoso y doloroso del plan de salvación del capital acreedor (y nunca del pueblo griego!) requería una buena dosis de participación…del propio capital. Es más que dudoso que los bancos quieran repetir una operación de este tipo. La consolidación del pretendido Fondo europeo para ayudar a los Estados a enjugar su deuda —lejos de ser aprobado por todos— a duras penas sale del cascarón con sus alas recortadas. Pues el carromato que lleva al cadalso las siguientes victimas —Italia, España y después Francia— se vislumbra cada vez con más nitidez. Los millones a devolver se acumulan día a día a otros millones, a causa del aumento incesante de la tasa de interés usurero, fijada e impulsada arbitrariamente por la voracidad siempre insaciable del capital financiero. Pero, para emplear el lenguaje sibilino y antiséptico de moda de los manipuladores de opinión para anestesiar el espíritu de los mortales, es la <>! El viejo Shylock de Shakespeare no sería actualmente más que un aprendiz ingenuo y benévolo al lado de los tiburones de estos…<>.

Los modernos aprendices de brujo <>, enfrentados a esa realidad —que ellos mismos han creado, aunque sólo sea parcialmente— no pueden contener este mecanismo infernal, que les sirve, pero al mismo tiempo los tiene agarrotados. En su búsqueda desesperada por dominar esta situación, que se les escapa y amenaza con arrastrarlos —como a Papandreu o a Berlusconi—, han disparado contra las agencias de calificación. Estas oficinas o servicios, parásitos innegables del sistema, cumplen el papel, por demás jugoso, mediante una continua clasificación o evaluación. Como consecuencia de las pésimas notas asignadas recientemente a los resultados económicos mediocres de los <>, incluso de los más pelotas, los irritados dirigentes europeos se lanzan sobre ellas a brazo partido, del mismo modo como los malos alumnos acosan ansiosamente a los profesores. Lanzan una lluvia de recriminaciones sobre las agencias, culpables, según ellos, de perder la clasificación económica deseada. Y se sueña inevitablemente con retomar la práctica tiránica bien conocida de antaño, cuando el príncipe al recibir una mala noticia…mandaba ejecutar al mensajero.

Pero, es justamente la situación económica real la que se refleja en el peso gradual y al mismo tiempo desproporcionado de la deuda, ya monumental. Es esta situación y sus perspectivas sombrías lo que hace definitivamente imposible el pago de la deuda. Algunos raros economistas y pocos periodistas, más lúcidos que la mayoría, basan en la disminución considerable del crecimiento económico general, convertido a veces incluso en estancamiento, como la principal razón del endeudamiento. Asímismo, señalan el camino para salir adelante mediante una política, unas serie de medidas, que mejoren o aumenten este crecimiento. Es lógico…sobre el papel. Pero el crecimiento no es un fenómeno económico solitario y aislado que se pueda espolear o aumentar a voluntad. En el capitalismo este crecimiento depende exclusivamente de las posibilidades del mercado interior y mundial, de si pueden o no, absorver las mercancías producidas. Sin entrar en detalles, es suficiente constatar que si los mercados están más o menos saturados, la superproducción es crónica. De todos modos, desde hace tiempo, estos mercados son inaccesibles para una gran masa de los productos europeos (y americanos), demasiado caros y poco cualificados (excepto los alemanes). Ésa es la razón de fondo tras los insistentes llamamientos de un puñado de economistas, y de algunos pocos políticos, a reforzar y perfeccionar la competitividad de la producción europea. Para decirlo de manera sencilla habría que producir mercaderías de mejor calidad y a precios más bajos, para poder venderlas en una concurrencia cada vez más exacerbada precisamente por la aparición masiva de productos a precios sin posible competencia que provienen de los países llamados <> y que basan su estrategia económica en la sobreexplotación descarada de los trabajadores.

Evidentemente, el capital y sus gerentes económicos y políticos pretenden, como siempre, encontrar una salida a la grave situación, pero una <> favorable a su sistema. El primer paso en este camino —y el más importante— es asegurar contra viento y marea el pago integral de las deudas. Para conseguirlo su determinación es salvaje. El segundo es perfeccionar la competitividad de la economía, es decir, bajar los costos de producción. Están plenamente decididos a conseguirlo mediante sus continuos ataques, con esa gran ofensiva para destrozar las conquistas y los derechos de los trabajadores, definitivamente incompatibles con la bajada del precio de la producción, y por tanto incompatibles con su sistema. Pero no se detendrán. En la siguiente ola apuntarán directamente a una sensible disminución de los salarios nominales, como ya han empezado de manera esporádica y parcial. Sería imperdonable olvidar que la burguesía alemana ha consolidado la competitividad de su producción mediante la reducción drástica de los salarios, imponiendo la congelación o el bloqueo de los salarios —con el <> de los sindicatos complacientes— y durante largos años!

Rechazo general a la devolución de la deuda

Ante la situación resumida anteriormente, la crisis se encamina hacia una prolongada agravación y, en consecuencia, hacia una ofensiva redoblada y acentuada contra el conjunto de las posiciones de los trabajadores. De ahí la conclusión inevitable e imperativa, la única seria, de que es necesario un rechazo general a la devolución de la deuda. Una deuda que aumenta sin cesar por el crecimiento de los tipos de interés. El rechazo a la devolución debería ser la primera reivindicación del movimiento europeo de los trabajadores, unido a un llamamiento por una <>. Al mismo tiempo constituye el principal impedimento contra la intensificación creciente de la destrucción de los derechos de los trabajadores que amenaza la civilización de la humanidad, resultado fatal de los gravosos planes de austeridad que se van repitiendo. Sacrificio terrible ofrecido a los horribles dioses del capital en decadencia.

Pero esta regresión histórica no se limitaría solamente a las condiciones económicas y sociales. El crepúsculo se cierne también sobre la vida política, a la que proyecta su penumbra inquietante. Nadie puede olvidar que fue en una situación desasosegada parecida que el fascismo conquistó el poder en Alemania, después de su triunfo en Italia. No es casualidad que actualmente avance a pasos agigantados en varios países europeos, basándose en las convulsiones capitalistas, y aprovechándose de la desidia de los líderes oficiales de los trabajadores que han olvidado su vocación primigenia y sus tareas elementales. Si los trabajadores y sus representanes permanecen inactivos, y rechazan un audaz combate de defensa y de unificación europea de sus fuerzas, no hay duda que los Hitler-Mussolini de hoy ocuparán su lugar. El alarmante avance de éstos en un creciente número de países es simultáneo al retroceso no menos alarmante del movimiento obrero. El único combate eficaz contra las tinieblas de la barbarie es la lucha enérgica y unida por la defensa de las conquistas y los derechos de los trabajadores, para la transformación de la Europa crepuscular en quiebra en una <> libres.

Sería quimérico y estéril elaborar un proyecto de reivindicaciones completas y detalladas de este movimiento europeo de los trabajadores. Sin embargo, parece necesario avanzar al menos algunos puntos y principios importantes que tal movimiento debería contener y observar, que señalen las intenciones de su proceder.

Contra la Europa-engendro y contra sus bancos.

En primer lugar se trata de definir la diana, o sea, señalar la llamada política europea, resumida y concentrada en la ofensiva descrita con anterioridad, así como sus antidemocráticas instituciones claves. El movimiento europeo de los trabajadores está dirigido contra esta política profundamente antidemocrática, por su origen y por sus experiencias, por su contenido y sus medios, y también por su objetivo. El movimiento apunta directamente a las instituciones llamadas europeas, que tanto por el lugar que ocupan, como por sus características y funcionamiento —de acuerdo con su peculiar política— no sólo son antidemocráticas, sino brutalmente opuestas a la democracia. Estos órganos tiránicos se ocultan en el anonimato y tras esa máscara de impersonalidad emiten e imponen edictos inapelables y obligatorios. Para hacerlo devoran y derrochan sumas astronómicas. Una legión de parásitos holgazanes pulula y gravita alrededor de innumerables grupos de presión con el fin de orientarlos y secundarlos según la apetencia de tal o cual sector del capital. En nombre de la más elemental democracia reivindicada el movimiento obrero europeo combate esos monstruos antidemocráticos, espectros anacrónicos de los señoríos feudales. El movimiento europeo de los trabajadores debe reclamar y llevar a cabo lisa y llanamente la supresión pura y simple del conjunto de estos organismos autocráticos, parásitos carísimos. En este mismo impulso luchará por la instalción democrática de órganos europeos de los obreros y de todos los trabajadores, basados en su participación masiva.

El conjunto de los problemas mencionados indica ya con nitidez el carácter obrero de este movimiento europeo. Falta ahora definirlo claramente y sin equívocos. Esta necesidad sobresale de manera evidente cuando se trata de proponer, aunque sea a grandes trazos, el objetivo, el programa y el método de tal movimiento. Sin duda el movimiento europeo de los trabajadores se orienta —tal como lo demuestran las movilizaciones parciales— contra la amenaza principal, es decir, contra el capital financiero y sus instituciones que, mientras utilizan la crisis, desarrollan ya su ofensiva de gran envergadura. Es evidente que, desde el inicio, el movimiento debe enfocarse hacia el debilitamiento de los cimientos de esa nefasta ofensiva. Y para hacerlo la firmeza se impone sin ambages, a saber: es imposible separar las vicisitudes económicas y sociales, en general, y el rehazo a la devolución de las deudas, en particular, de la situación y de la posición de los bancos. En consecuencia, una de las primeras reivindicaciones es la supresión del secreto bancario, que se queda en un piadoso deseo si no está ligada a la nacionalización controlada de los principales bancos.

Es la vía natural, lógica y concreta para atacar su poder, contrariamente a la palabrería y los fantasmas demagógicos, sin contenido ni continuidad, de una pretendida reglamentación del capital financiero y de sus movimientos. Es también el único modo serio de frenar de manera indiscutible la presión hacia la pauperización. Al mismo tiempo, solamente una medida radical de este tipo puede asegurar —bajo un vigilante control obrero— dos cosas a la vez: la base y los medios de un marco vigoroso, saludable e indispensable del crédito y también el dominio eficaz de las tasas de interés arbitrarias y erráticas. Estas medidas son también importantes para la defensa de muchas pequeñas empresas, a menudo familiares, agredidas y despojadas por el capital. En esta lucha son aliadas naturales de los trabajadores y su movimiento. Es una actitud culpable, y incomprensible para muchos —que causa consternación— el silencio casi total de todas las grandes organizaciones llamadas de <> sobre estas cuestiones fundamentales. Respecto a todo ello no hacen si no volver la espalda a su propio pasado, no tan lejano.

Por una renovación sindical

El desarrollo de un movimiento de los trabajadores europeos, y por descontado de su éxito, exige imperiosamente una alianza con los sindicatos. Se trata de mucho más. En vista de la actual situación, caracterizada de un lado por la ofensiva general despiadada del capital y, de otro, por el retroceso sucesivo y el desarme político y organizativo de la clase obrera, igual que de todos los trabajadores, los sindicatos constituyen la fuerza y el medio más importante para los trabajadores. Pues precisamente la agrupación y la representación, igual que la defensa de los intereses de los trabajadores constituyen su única razón de ser. Son probablemente las únicas palancas realmente existentes en todos los países, y a escala internacional, mediante las cuales los trabajadores podrían dar un impulso decisivo al movimiento, reforzándolo y unificándolo. Precisamente por todas estas razones, desde su nacimiento, el capital se ha esforzado constantemente en destruir y prohibir los sindicatos, o bien de atarlos al sistema, o de transformarlos en simple auxiliar.

Desde hace tiempo ha conseguido canalizarlos, a través de los órganos directivos, hacia una especie de <>, o incluso hacia una colaboración de clase —oculta y disimulada, o decididamente latente o interrumpida en los períodos de exacerbación de la lucha de clases. El rasgo particular que desde este punto de vista caracteriza las últimas décadas —las de la preparación e inicio de la ofensiva general del capital— es inseparable de la transformación de las direcciones sindicales —abierta y públicamente— en destacamentos anexos al capital, o como le llaman ellos mismos directamente, —en <<compañeros sociales>>.

Entre las consecuencias desastrosas de esta agresión contra la naturaleza profunda, contra la razón de ser de los sindicatos, y del comportamiento que se deriva, está la pérdida considerable de afiliados. La deserción masiva de obreros y trabajadores, que traducen su desconfianza respecto a los sindicatos, ha adquirido proporciones inquietantes en todos los países. Una de las primeras tareas del movimiento europeo de los trabajadores es cambiar radicalmente y reconquistar los sindicatos, —de arriba abajo.

A pesar de la colaboración de clase de las burocracias sindicales, acentuada y codificada por su mutación en <<compañeros sociales>>, la masa de trabajadores que permanecen en las organizaciones sindicales no ha seguido el camino de sus dirigentes. Esta masa es la que ha fijado el límite que no se puede franquear, y por tanto la que ha impedido la integración de los sindicatos en el Estado. A pesar de las pérdidas sufridas han conservado también su independencia y, por tanto, la capacidad de retomar el combate.

Por este motivo los obreros y todos los trabajadores pueden y deben entrar en los sindicatos. Y con más motivo cuando les pertenecen y no son propiedad de nadie, aún menos de los burócratas sindicales que, además, cuestionan la propia existencia de los sindicatos, cuya principal razón de ser es oponerse al capital. El argumento decisivo para esta conquista de los sindicatos por parte de los trabajadores es el hecho que sin estas organizaciones y su movilización sería muy difícil, casi prácticamente imposible, desarrollar un potente movimiento europeo de los trabajadores.

Ni que decir tiene, sin embargo, que la movilización para recobrar los sindicatos deberá acompañarse de una transformación a fondo que los convierta en organizaciones de lucha contra la ofensiva del capital. Para conseguirlo, una plataforma de los trabajadores sindicados deberá formular en primer lugar la necesidad de romper con la colaboración de clase etiquetada de <>, con el fin de asegurar su independencia de patronos y gobiernos.

¡Acciones combativas! ¡Basta de celebraciones festivas!

Una independencia de este tipo no será una realidad como consecuencia espontánea de una simple decisión, y aún menos de un derroche de palabras o juramentos. Cobrará forma y se encarnará sólo merced al empeño de un combate real y resuelto contra la ofensiva del capital y todas sus manifestaciones. Este combate se distingue fundamentalmente de cualquier simulacro o pseudoacción, utilizado por las direcciones burocráticas de <<compañeros>> sindicales como pretexto, en primer lugar por la completa denuncia y la crítica severa y múltiple de la ofensiva del capital. Supone, en base a esto, la definición clara y precisa de las reivindicaciones de los trabajadores, en lugar de pueriles gesticulaciones para <>, muy a menudo planteadas por las burocracias sindicales. Supone también acciones serias y manifestaciones combativas y decididas, en lugar de celebraciones festivas, campechanas y de payasada, que intentan anestesiar a los trabajadores.

El criterio particularmente importante de este compromiso es su extensión y su carácter internacional, ante todo europeo. Los sindicatos disponen de una importante red y también de un equipo internacional y europeo. En lugar de estas redes y sus cargos completamente burocratizados, la crudeza del momento impone su tranformación audaz (o su substitución) en pilares europeos de combate contra la ofensiva del capital y su maquinaria concentrada en Bruselas, en Estrasburgo y en Francfurt. Una serie de acciones a escala europea, y también en estos centros, debería substituir las muy escasas concentraciones europeas, disfrazadas de alegres celebraciones, inocentes e inofensivas.

Es evidente que la reconquista de las organizaciones obreras de clase por las grandes masas de los trabajadores es impensable sin el restablecimiento completo de la democracia obrera en el seno de los sindicatos. Además de la libertad de discusión, el criterio principal de una tal democracia es la libertad de expresión de tendencias y fracciones, e incluso el derecho a organizarse como oposición. Esta democracia interna es una necesidad vital, el único medio adecuado de elaboración de la mejor orientación y que pueda asegurar la agilidad necesaria, así como la elección de las consignas más apropiadas. Es la mejor garantía para evitar las trampas mortales de la capitulación de un oportunismo sin principios, o de la marginación por un sectarismo estéril. Naturalmente, es también el único medio de devolver los sindicatos a los trabajadores y de llevar a cabo su indispensable transformación.

Un movimiento europeo de los trabajadores sólo puede existir y desarrollarse con la participación de un sin número de movimientos y organizaciones políticas, sindicales, culturales, etc. de distintas naciones. Por las circunstancias, cada una de estas organizaciones funciona en base a un amplio abanico de conceptos y programas, así como de disciplina o de afiliación variadas. Lo que les une y agrupa en un único movimiento, además de su carácter obrero y trabajador, es su resolución para luchar contra los ataques del capital que desmantela y suprime las conquistas y los derechos de los trabajadores. En esta situación solo hay un método que podrá asegurar y garantizar, de una parte, la unidad y la coherencia del movimiento y, de la otra, el respeto de la libertad y de la independencia de cada uno de les elementos que la constituyen. Se trata del método histórico y contrastado del movimiento obrero internacional: frente único obrero. No hace ni cien años que Lenin, uno de los grandes dirigentes del movimiento obrero, lo resumió en una frase densa y contundente: <> Éste es el único método eficaz que nuestro movimiento debería aplicar para realizar su objetivo unitario en toda su diversidad.

Octubre-noviembre 2011

Balazs Nagy

Miembro de WORKERS INTERNATIONAL